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martes, 7 de enero de 2025

La ciencia de ganar almas. Manual de evangelismo. Volumen 3 | By Pr. Heyssen Cordero Maraví - Descargar


Cuando hablamos de evangelismo, nuestra tendencia es referirnos a una campaña, una serie de predicaciones, una proclamación pública del evangelio, un evento con fecha para empezar y, para terminar. Pensamos generalmente en la estrategia, en los planes, en las etapas necesarias para lograr un resultado. Cuando pensamos en el evangelista, la figura que se nos pasa por la mente es de un predicador entusiasta y persuasivo, un comunicador envolvente y convincente, un orador que se utiliza de argumentos consistentes y a veces de una buena dosis de marketing. Todo esto tiene su lugar y su valor. El evangelismo no se hace sin eventos de proclamación pública, y si se cuenta con un predicador apasionado, el impacto será significativo. Pero, como sabemos, estos no son los únicos elementos, ni los más importantes.

¿QUÉ HAY DE MÁS IMPORTANTE ENTONCES?

El evangelismo es, antes de todo, una obra del Espíritu. Al anunciar la venida del Consolador, el Espíritu Santo, Jesús afirmó: “Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Esto nos debería dar la seguridad de que, cuando empezamos a testificar para una persona o cuando una persona viene a las reuniones de evangelismo, el Espíritu de Dios ya estuvo obrando en esta persona desde hace mucho tiempo. Él ya ha utilizado muchos medios para llegar a su corazón y en el momento que nos conectamos con esta persona, seremos los instrumentos en las manos del Espíritu.

Antes de ascender al Cielo, Jesús destacó el papel del Espíritu aun de manera más vehemente: “Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre ustedes, y me serán testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). Esto nos indica que el éxito de la misión del testigo no está en su habilidad o elocuencia, en su sabiduría o experiencia. Antes, está en el Espíritu que derrama su poder sobre los que aceptaron la gracia de Dios y se colocan humildes a su servicio. “Después del derramamiento del Espíritu Santo, los discípulos, revestidos de la panoplia divina, salieron como testigos a contar la maravillosa historia del pesebre y la cruz. Eran hombres humildes, pero salieron con la verdad. Después de la muerte de su Señor eran un grupo desvalido, chasqueado y desanimado, como ovejas sin pastor; pero ahora salen como testigos de la verdad, sin otras armas que la Palabra y el Espíritu de Dios, para triunfar sobre toda oposición” (Testimonio para ministros, p. 66).

Esta experiencia de los discípulos nos indica que ellos no solamente fueron instrumentos en las manos del Espíritu, sino que fueron transformados por Él. Dicho de otra manera, ellos experimentaron la obra, la actuación poderosa del Espíritu, primera y continuamente en la propia vida. Y aquí está el segundo elemento poderoso en el evangelismo: los que fueron transformados por el poder del Santo Espíritu, los que recibieron a Cristo, experimentaron el perdón, renunciaron al pecado y viven en obediencia y santificación, estos son los evangelistas que el Cielo usará poderosamente. “El Espíritu se derrama sobre todos los que cedan a sus indicaciones, y arrojando de lado toda maquinaria humana, sus reglas limitativas y métodos cautelosos, declararán la verdad con el poder del Espíritu. Multitudes recibirán la fe y se unirán a los ejércitos del Señor” (The Review and Herald, 23 de junio de 1895).

Hoy, el Señor anhela hacer de nosotros sus testigos, sus mensajeros, sus misioneros, sus evangelistas. Para esto primeramente tenemos que ser sus hijos, perdonados, revestidos de su manto de justicia y santidad. “Debemos orar por el derramamiento del Espíritu Santo con tanto ahínco como lo hicieron los discípulos en el día del Pentecostés. Si ellos lo necesitaban en aquel tiempo, nosotros lo necesitamos más hoy día. La oscuridad moral, cual paño mortuorio, cubre la Tierra. Toda clase de falsas doctrinas, herejías y engaños satánicos están desviando las mentes de los hombres. Sin el Espíritu y el poder de Dios trabajaremos en vano por presentar la verdad” (Testimonios para la Iglesia, p. 5:147). El Espíritu está trabajando para salvar y ser disponible, aguardando que lo busquemos para que haga su obra en nosotros y por medio de nosotros.

domingo, 13 de octubre de 2024

Libro EJEMPLO OS HE DADO. Aprendiendo del mejor y mayor Misionero | By Pr. Heyssen Cordero | Descargar

Hace algunos años, como consecuencia de haber estado intubado en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), por causa del flagelo de la pandemia del COVID-19, llegué a pesar 51 kilos. Mis músculos habían desaparecido casi por completo. Era incapaz de ponerme en pie por mí mismo. No era capaz de levantar mi celular con una sola mano. Aún recuerdo cuando me vestía, mis camisas y pantalones parecían pertenecer a otra persona. ¿Qué le pasó a mi cuerpo? —me preguntaba. Me explicaron que por haber estado inactivo varios días, y por no haberme alimentado adecuadamente, o de manera normal, el cuerpo había sufrido estos cambios. Me quedé pensando en lo terrible que es no comer adecuadamente, por lo menos no de manera natural. ¿Por qué es necesario la comida y qué ocurre en el cuerpo si no comemos por horas, días, semanas, meses y años?



La palabra comida en el Nuevo Testamento viene del griego βρῶμα (brōma) y significa “alimento, comida, pan, carne, frutos”,  necesidades básicas del ser humano para poder vivir.

Juan registró las Palabras de Jesús: “Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega” (Jn. 4:31-35). Pero, ¿qué fue lo que motivó a Jesús a comparar su misión con “la comida”?


LA IMPORTANCIA DE LA COMIDA

La glucosa es la principal fuente de energía del ser humano, y se obtiene a través de los hidratos de carbono o carbohidratos. Son como el “combustible” que nuestro organismo necesita para sobrevivir. Los carbohidratos se encuentran en los alimentos y bebidas.

¿Qué pasa si no como más de siete horas?

Según los especialistas, durante las seis primeras horas después de la última ingesta de alimentos, el cuerpo no experimentará algún cambio o problema significativo. Sin embargo, a medida que pase el tiempo, y las reservas de glucógeno se vayan agotando, el cuerpo necesitará más “alimentos o bebidas” (carbohidratos), lo que indicará en el cuerpo una sensación de hambre. A partir de la séptima hora, el cuerpo siente los cambios. Este efecto es notable en el ser humano a través del mal humor, distracción y reducción de las capacidades cognitivas.

¿Qué pasa si no como más de tres días?

Si por alguna razón, el cuerpo sigue sin alimentarse, en setenta y dos horas o tres días aproximadamente, el cuerpo habrá consumido todas sus reservas de hidratos de carbono (carbohidratos) o glucógeno, e iniciará así la autofagia, proceso por el cual “el cuerpo se consume” a sí mismo. El organismo comienza a alimentarse de los tejidos grasos, de las reservas o almacenes de grasa. A las pocas horas, el cuerpo comienza a experimentar la pérdida notable de peso. Sin embargo, pasados los dos o tres días, aproximadamente, y dependiendo del estado de salud de la persona, antes de su ingesta de alimentos, el cuerpo experimentará problemas considerables tales como el deterioro físico y mental, mareos, debilidad, pérdida de coordinación y frecuencia cardiaca baja. Este proceso se conoce como cetosis, donde el cuerpo usa las reservas de grasas y proteínas que ha tenido en reserva como su principal fuente de energía.

¿Qué pasa si no como más de una semana?

Pasados los siete días, el cuerpo continúa usando las proteínas para alimentarse, proceso en el cual genera daños a los órganos y a todo el sistema inmunitario. Con esta situación se incrementa la probabilidad de padecer cualquier enfermedad. En ciertos casos, se puede sobrevivir por más de tres semanas y hasta setenta días sin comer. Ello dependerá de la cantidad de grasa almacenada, así como del agua que se consuma. Entre los síntomas perceptibles está la sequedad de la piel, pelo quebradizo o incluso caída del cabello. No obstante, en cualquiera de los casos el organismo seguirá en el proceso de consumirse hasta que fallezca. Por eso, es indispensable mantener una adecuada alimentación en sus tiempos correctos.

¿Cuánto tiempo podemos vivir sin comer la comida de Jesús? Si el ser humano no puede estar sin comer por más de una o dos semanas, porque a partir de las siete horas sin alimento su cuerpo experimenta malestar, distracción y pérdida de sus capacidades cognitivas, ¿cómo es que algunos cristianos pueden estar días, semanas, meses y años sin comer la comida de Jesús? Es por eso que podemos ver a cristianos malhumorados, distraídos, sin entendimiento, sin la capacidad de ver la urgencia de las cosas espirituales. ¿Por qué? Porque están en el proceso de la autofagia espiritual, se alimentan a sí mismos, del yo, en vez de alimentarse de Cristo Jesús. Un cristianismo que se alimenta de sí mismo, o de cualquier cosa que no sea de la comida de Jesús es un cristiano que es un ańemico espiritual, un “cristiano” débil ante las asechanzas del enemigo.

Si el ser humano no come en corto, mediano o largo plazo, en días, semanas o hasta un par de meses, simplemente morirá. De igual modo, el cristiano, el discípulo de Cristo que no come la comida de Jesús en corto, mediano o largo plazo, en días, semanas, meses o quizás un par de años, morirá. Es por ello que Ezequiel vio al pueblo de Dios como un valle de huesos secos (Ez. 37:1-14), gente que estaba muerta en vida, gente como la higuera que maldijo Jesús porque parecía viva, hermosa y frondosa, pero sin frutos (Mt. 21:18-19). Jesús no estaba diciendo que la comida, bebida y el descanso no eran importantes. Más bien, quería que sus discípulos supieran que la vida era más que esas cosas, que el hombre no solo se alimenta de pan. 

 

El libro que tienes en tus manos tiene el objetivo de mostrarnos sobre la comida de Jesús, y cómo cumplir la misión siguiendo las pisadas de Jesús. En su vida, dichos, hechos y enseñanzas, encontraremos luz radiante de cómo podemos cumplir la misión, pues en Jesús encontramos al mejor y mayor misionero.


Que Dios te bendiga.


Pr. Heyssen Cordero Maraví 

El autor

miércoles, 21 de febrero de 2024

La ciencia de ganar almas. Manual de evangelismo. Volumen 2 | By Pr. Heyssen Cordero Maraví - Descargar


Cuando Jesús estableció la iglesia tenía una razón, un propósito, UNA MISIÓN. Como Cristo había cumplido Su misión, la salvación del mundo fue alcanzada en la cruz, por Su sacrificio, que es más que suficiente para rescatar a toda la humanidad. Luego, las buenas noticias necesitaban llegar a todas las personas. Para esto, nos dio una MISIÓN.

Así, el énfasis del cierre de los evangelios y de la apertura del libro de los Hechos, apuntan en una misma dirección: Un llamado a todos los que siguen a Cristo para que “hagan discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:18-20), tomando la tarea que el Padre entregó a Su hijo, como su propia misión (Juan 20:21-23), con la seguridad de que solamente con el poder del Santo Espíritu, podrán ser testigos de Jesús y compartir con todo el mundo el mensaje de la salvación (Lucas 24:49, Hechos 1:8).

A la luz de estos textos bíblicos, y de tantos otros, se puede afirmar que no es la iglesia que tiene una misión, sino que la misión tiene una iglesia. El Señor tiene una misión y para ello estableció Su iglesia. Existimos por esta misión y si nos olvidamos de eso, perdemos la razón para nuestra existencia.

En las palabras de Elena de White: “la Iglesia es el medio señalado por Dios para la salvación de los hombres. Fue organizada para servir, y su misión es la de anunciar el Evangelio al mundo. Desde el principio fue el plan de Dios que su iglesia reflejase al mundo su plenitud y suficiencia. Los miembros de la iglesia, los que han sido llamados de las tinieblas a su luz admirable, han de revelar su gloria. La iglesia es la depositaria de las riquezas de la gracia de Cristo; y mediante la iglesia se manifestará con el tiempo, aun a “los principados y potestades en los cielos” (Efesios 3:10), el despliegue final y pleno del amor de Dios” (Hechos de los apóstoles, p. 9).

Con esta perspectiva “Dios toma a los hombres tales como son, con los elementos humanos de su carácter, y los prepara para su servicio, si quieren ser disciplinados y aprender de él. No son elegidos porque sean perfectos, sino a pesar de sus imperfecciones, para que mediante el conocimiento y la práctica de la verdad, y por la gracia de Cristo, puedan ser transformados a su imagen” (Deseado de Todas las Gentes, p. 261).

Esto es lo más sorprendente, que para una misión de tal magnitud, el Señor elija contar con seres humanos limitados y frágiles para revelar al mundo Su plenitud y suficiencia, Su gloria y el despliegue final y pleno del amor de Dios. ¡Extraordinario!

Nosotros hemos recibido este llamado, esta misión. Privilegio inaudito, responsabilidad sin medida. Y más que vivir esta misión en lo personal, como ministros del evangelio, fuimos llamados a liderar un movimiento misionero. Como evangelistas preparamos y capacitamos un ejército de evangelistas. Como enviados, enviamos. Como misioneros, formamos nuevos misioneros.

El plan del Señor para cumplir la misión sigue siendo el mismo. Sus promesas también. “El que llamó a los pescadores de Galilea está llamando todavía a los hombres a su servicio. Y está tan dispuesto a manifestar su poder por medio de nosotros como por los primeros discípulos. Por imperfectos y pecaminosos que seamos, el Señor nos ofrece asociarnos consigo, para que seamos aprendices de Cristo. Nos invita a ponernos bajo la instrucción divina para que unidos con Cristo podamos realizar las obras de Dios” (Deseado de Todas las Gentes, p. 264). 

 

Que el Señor encuentre en nosotros, siervos listos para escuchar Su voz, y prontos a atender Sus órdenes. Si lo hacemos, Él va a hacer Sus obras en nosotros y por medio de nosotros.


Dios los bendiga.

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