lunes, 20 de enero de 2014

Los ganadores de almas y sus oraciones: Para analizar y reflexionar

 
“La oración eficaz del justo, puede mucho” (Santiago 5:16).
 
Todos los grandes ganadores de almas han sido hombres muy consagrados a la oración, y cuando oraban, lo hacían con mucho poder; además, todos los grandes avivamientos han sido precedidos por la obra perseverante efectuada de rodillas, en privado, y se han realizado por medio de ella. Antes que Jesús comenzara su ministerio, cuando le seguían grandes multitudes, pasó cuarenta días y cuarenta noches en oración y ayuno (Mateo 4:1-11).
Pablo oraba sin cesar. De día y de noche ascendían a Dios sus oraciones e intercesiones (Hechos 16:25; Filip. l:3-11; Col. 1:3,9-11).
El bautismo pentecostal del Espíritu Santo y las tres mil conversiones que hubo en un solo día, fueron precedidos por diez días de oración, alabanzas, examen del corazón y lectura de la Biblia. Y continuaron orando hasta que, otro día, se convirtieron cinco mil, y muchos de los sacerdotes creyeron en la nueva fe (Hechos 2:4-6; 4:4; 6:4-7).
Lutero solía orar tres horas por día, y él quebrantó el hechizo de siglos y libertó a naciones que estaban cautivas.
Juan Knox solía pasar noches enteras en oración, y clamaba a Dios diciendo: “Dame a Escocia o me muero”. Y Dios le dio Escocia.
Baxter tiñó las paredes de su estudio con el aliento de sus oraciones y envió una onda de salvación por todo el país.
Mr. Wesley en su “Diario” (que por su lectura atrayente y cautivadora se coloca después de los Hechos de los Apóstoles) habla, vez tras vez, de medias noches y noches enteras de oración, en las que Dios se acercó y bendijo a la gente casi hasta la muerte, y luego él y sus colaboradores fueron dotados de poder para rescatar a Inglaterra del paganismo, y enviar por todas partes un avivamiento de religión pura y activa.
David Brainerd solía tenderse sobre el suelo helado, durante la noche, envuelto en cueros de oso, y escupía sangre y clamaba a Dios pidiéndole que salvara a los indios; y Dios le oyó, y convirtió y santificó por veintenas y por centenares a los pobres indios ignorantes, paganos, díscolos y borrachos.
La noche antes de que Jonatán Edwards predicara el admirable sermón que comenzó el avivamiento que convulsionó a la Nueva Inglaterra, él y algunos otros la pasaron en oración.
En Escocia había un joven llamado Livingstone, que fue llamado para que predicara ante una de las grandes asambleas. Como éste sentía su completa inaptitud para ello, pasó la noche orando. Al día siguiente predicó un sermón por cuya influencia se convirtieron quinientas personas. ¡Alabado sea Dios! ¡Oh Señor mío! levanta más gente de oración.
Mr. Finey solía orar hasta que comunidades enteras caían bajo el poder del Espíritu de Dios, y nadie podía resistir su poderosa influencia. En una ocasión estaba tan postrado por el trabajo, que sus amigos consiguieron que hiciera un viaje por el mar Mediterráneo. Pero estaba tan embebido en el interés de salvar a los hombres, que no pudo descansar, y a su regreso sufrió gran agonía de alma por la evangeli­zación del mundo. Al fin la ansiedad y agonía de su alma llegaron a ser tan intensas que oró durante un día entero, hasta que, a la entrada de la noche, recibió la certidumbre de que Dios haría la obra.
A su arribo a Nueva York, pronunció sus “Discursos sobre Avivamiento”, que se publicaron en su propio país y en el extranjero y dieron por resultado avivamientos en todas partes del mundo. Sus escritos cayeron en manos de la señora Catherine de Booth, e influyeron poderosamente en ella, de modo que el Ejército de Salvación es, sin duda, en gran parte, la respuesta de Dios a la oración insistente y prevalente de ese hombre, que le rogaba al Señor que glorificase su santo nombre salvando al mundo.
En la América del Norte hay un joven evangelista que fue salvado del catolicismo. Dondequiera que va se levanta un “torbellino de avivamiento”, y la gente se convierte por centenares. Yo me preguntaba en qué consistiría el secreto de su poder, hasta que una señora, en cuya casa solía alojarse, me dijo que oraba todo el tiempo. Tenía dificultad para conseguir que se presentara a la mesa a las horas de comidas, pues no quería cesar de luchar con Dios por medio de la oración.
Antes de afiliarme al Ejército de Salvación, conversaba yo en una ocasión con el doctor Cullis, de Boston, ese hombre de fe sencilla, pero poderosa. Estaba mostrándome unas fotografías y entre ellas había una de Mr. Bramwell Booth, que llegó a ser segundo general del Ejército de Salvación.
“Ese hombre, dijo, dirige las reuniones de santidad más poderosas que se realizan en toda Inglaterra”.
Me contó entonces acerca de aquellas famosas reuniones de Whitechapel. Cuando yo fui a Inglaterra, hice la determinación de descubrir, si ello fuere posible, el secreto de ese poder.
Una de las cosas era, según me dijo un oficial, que Mr. Bramwell, en aquel entonces, solía tener reuniones con los jóvenes en el Cuartel General y pedía a cada uno de aquellos que eran salvados, que pasasen diariamente cinco minutos a solas con Dios, dondequiera que pudiesen hacerlo, y que orasen por las reuniones que se efectuaban los viernes de noche. Un oficial, que ahora es Brigadier, y que en aquel entonces era empleado en una gran ferretería, tenía que meterse en uno de los grandes cajones vacíos que había en el depósito del negocio, a fin de poder disfrutar de los cinco minutos de oración.
Dios no ha cambiado. El quiere contestar las oraciones de los hombres de oración.
Mr. Finney cuenta acerca de una iglesia en la que hubo un avivamiento continuo durante trece años. Al fin cesó el avivamiento, y todos se llenaron de temor y se preguntaron a qué se debía eso, hasta que un día, un hombre, inundado en llanto, se puso de pie y dijo que durante trece años había orado todos los sábados hasta más de media noche, pidiéndole a Dios que glorificase su nombre y salvara a la gente, pero hacía dos semanas que había dejado de hacerlo y el avivamiento había cesado. Si Dios contesta la oración de ese modo, ¡cuán tremenda es la responsabilidad que pesa sobre todos nosotros instándonos a que oremos!
¡Ojalá hubiese un soldado santo en cada cuerpo, y un miembro lleno de fe en cada iglesia, que pasasen orando media noche todos los sábados! Aquí hay trabajo para los oficiales que están descansando, y para aquellos que no pueden entrar a la obra debido a dificultades invencibles. Pueden hacer un “trabajo de rodillas”, que mucho se precisa.
Pero nadie debe imaginarse que ése es trabajo fácil. Es difícil, y algunas veces significa gran agonía, pero se convertirá en una agonía de júbilo en unión y comunión con Jesús. ¡Cuánto oraba Jesús!
El otro día, un capitán, que ora una hora o más todas las mañanas, y media hora antes de sus reuniones nocturnas, y que tiene mucho éxito en salvar almas, se lamentaba de que muchas veces tenía que hacer esfuerzos para orar en secreto. Pero en esto él es tentado y probado al igual que sus hermanos. Todos los hombres que han orado mucho, han sufrido así. El Rey. William Bramwell, que solía ver a la gente convertirse y ser santificados por centenares por todas partes donde iba, oraba seis horas por día y, sin embargo, decía que siempre tenía que esforzarse para ir a orar en secreto. Y después de haber comenzado a orar tenía períodos muy áridos, pero perseveraba por la fe, y los cielos se abrían y contendía con Dios hasta obtener la victoria. Después, cuando predicaba, se partían las nubes y caían las lluvias de bendiciones sobre la gente.
Un hombre le preguntó a otro cómo era que Mr. Bramwell podía decir tantas cosas nuevas y maravillosas, que servían de bendición a tanta gente. El interrogado, contestó: “Ello se debe a que vive muy cerca del trono y Dios le dice sus secretos, después de lo cual él nos los dice a nosotros”.
El Rey. Juan Smith, cuya vida me dijo el General William Booth que había ejercido maravillosa influencia sobre él, igual que Mr. Bramwell, pasaba mucho tiempo en oración. Siempre le era difícil comenzar, pero luego recibía tanta bendición que le era difícil cesar. Por donde iba llevaba consigo grandes olas de avivamiento.
La resistencia a la oración privada podrá emanar de una o más causas:
1.              Es inspirada por espíritus malos. Me imagino que no le importa mucho al Diablo ver a las personas de corazón tibio de rodillas en las reuniones públicas, porque sabe que lo hacen sencillamente porque deben hacerlo y por costumbre. Pero aborrece ver a uno de rodillas en secreto, pues el que lo hace quiere conseguir algo y si persevera con fe, moverá a Dios y a los cielos a favor de lo que pide. Por eso el Diablo le hace oposición.
2.              Debido al decaimiento físico y mental a causa de enfermedad, falta de sueño, demasiado sueño o por haber comido demasiado, pues esto sobrecarga el sistema digestivo, interrumpe la circulación de la sangre y nubla las facultades más elevadas y nobles del alma.
3.              Por no responder prestamente cuando nos sentimos impulsados a orar en secreto. Si cuando nos viene la sensación de que debemos orar, vacilamos más tiempo del que es realmente necesario, y continuamos leyendo o hablando cuando bien podríamos estar orando, se apagará el espíritu de la oración.
Debiéramos acostumbrarnos a sentir alegría al pensar en que pasaremos un rato en secreta comunión con Jesús y en oración, tanto como se regocijan dos personas que se aman cuando están juntas.
Debiéramos responder prestamente a la voz interna que nos llama a la oración. “Resistid al Diablo y huirá de vosotros”, y mantengamos nuestros cuerpos en sujeción, no sea que “habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27).
Jesús dijo que “es necesario orar siempre, y no desmayar” (Lucas 18:1) y Pablo dice: “Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17).
Algunas veces un hombre que se atreve a atacar al Diablo y que ora con fe, es capaz de conseguir la victoria de una ciudad o de una nación entera. Así lo hizo Elías en el monte Carmelo; Moisés lo hizo para el retrógrado pueblo de Israel; Daniel lo hizo en Babilonia. Pero si se pudiera conseguir que un número de personas orasen de ese modo, la victoria sería tanto más decisiva. Que nadie se imagine, dominado por un corazón malo de incredulidad, que Dios resiste y no quiere contestar las oraciones. El está más dispuesto a responder a las oraciones de aquellos cuyos corazones están bien con él, que lo están los padres a dar pan a sus criaturas. Cuando Abraham oró por Sodoma, Dios contestó, hasta que Abraham cesó de pedir (Génesis 18:22-23). ¿Y no se enojará con nosotros muchas veces a causa de que le pedimos con tanta timidez, y porque le pedimos cosas tan pequeñas, del mismo modo como Eliseo el profeta se enojó con el rey que golpeó tres veces cuando debió hacerlo cinco o seis (2 Reyes 13:18,19).
Acerquémonos confiadamente al Trono de la Gracia, y pidamos en abundancia para que nuestro gozo sea cumplido (Hebreos 4:16).
 
 
 

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